Brecha salarial entre funcionarios publicos y autonomos y personal cuenta ajena - Netocracia

¿Quién creará la riqueza?

Cada vez que escribo algo crítico sobre el crecimiento del empleo público, recibo la misma respuesta.

«Lo que pasa es que estás en contra de los funcionarios.»

Y no.

De hecho, conozco a muchos excelentes profesionales en la Administración. Médicos, profesores, policías, jueces, investigadores, técnicos… Personas cuya labor es imprescindible para el funcionamiento de un país moderno.

El problema nunca han sido ellos.

El problema es el equilibrio.

O, mejor dicho, la pérdida de ese equilibrio.

La ilusión de la riqueza infinita

Toda sociedad necesita un Estado.

Pero ningún Estado crea riqueza por sí mismo.

La riqueza nace cuando alguien decide asumir un riesgo.

Cuando una persona invierte sus ahorros en abrir una empresa.

Cuando contrata a su primer empleado sin saber si podrá pagarle dentro de seis meses.

Cuando desarrolla un producto que quizá fracase.

Cuando exporta.

Cuando innova.

Cuando compite.

Todo eso ocurre antes de que exista el impuesto que financia el Estado.

Y, sin embargo, en España parece que hemos empezado a olvidar ese orden natural.

Cada vez que aparece un problema, la respuesta política parece ser la misma: más Administración, más estructura, más organismos y más empleo público.

Es una solución extraordinariamente atractiva.

Produce titulares.

Genera estabilidad.

Y, sobre todo, genera votos.

Pero rara vez alguien formula la pregunta incómoda.

¿Quién pagará todo eso dentro de veinte años?

El riesgo se ha convertido en un castigo

Llevo prácticamente toda mi vida emprendiendo.

He creado empresas.

He contratado personas.

He cometido errores.

He perdido dinero.

He vuelto a empezar.

Y jamás había percibido tan poca ilusión por emprender como ahora.

No porque falten ideas.

España está llena de talento.

Lo que escasean son los incentivos.

La sensación creciente es que quien decide crear una empresa asume todos los riesgos mientras observa cómo el sistema protege, cada vez más, a quienes no tienen que asumir ninguno.

No culpo a quien busca estabilidad.

Es perfectamente racional.

Lo preocupante es que el propio sistema esté empujando a los más capaces hacia la seguridad administrativa en lugar de hacia la creación de riqueza.

Cuando los mejores estudiantes sueñan con aprobar una oposición antes que con crear una empresa, algo profundo está cambiando.

Y no estoy seguro de que sea para bien.

Un Estado no puede crecer indefinidamente

España supera ya los tres millones y medio de empleados públicos.

Muchos de ellos desempeñan funciones esenciales.

Pero toda estructura tiene un límite.

Porque cada nuevo gasto permanente exige ingresos permanentes.

Y esos ingresos solo pueden salir de una economía privada suficientemente dinámica.

Si la presión fiscal continúa aumentando.

Si la regulación continúa complicándose.

Si emprender resulta cada vez menos atractivo.

La consecuencia no será una sociedad más justa.

Será una sociedad con menos empresas.

Menos innovación.

Menos inversión.

Menos empleo de calidad.

Y, paradójicamente, menos recursos para sostener aquello que queremos proteger.

El debate equivocado

Este no es un debate entre funcionarios y empresarios.

Ni entre lo público y lo privado.

Es un debate sobre el equilibrio.

Sobre comprender que ambos mundos se necesitan mutuamente.

Un país sin sanidad pública sería un desastre.

Pero un país sin empresarios también.

Un hospital no fabrica los recursos con los que se financia.

Una consejería no genera exportaciones.

Un ministerio no inventa el próximo producto que conquistará el mundo.

Todo eso nace en otra parte.

En miles de personas que deciden asumir incertidumbre mientras la mayoría busca seguridad.

Y quizá hemos dejado de valorar suficientemente ese papel.

Mi preocupación

No escribo esto porque tenga nada contra los funcionarios.

Al contrario.

Escribo porque me preocupa el futuro de España.

Porque temo que estemos construyendo un modelo en el que cada vez haya más personas dependiendo del sistema y menos personas alimentándolo.

Los sistemas complejos no suelen romperse de golpe.

Primero pierden dinamismo.

Después pierden competitividad.

Más tarde pierden talento.

Y finalmente descubren que las cuentas ya no salen.

La historia está llena de ejemplos.

Ojalá sepamos reconocer las señales antes de llegar a ese punto.

Porque la verdadera riqueza de un país no está en el tamaño de su Administración.

Está en la capacidad de sus ciudadanos para crear valor, innovar, arriesgar y construir futuro.

Y esa capacidad, una vez perdida, tarda décadas en recuperarse.

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